A Don Guillermo, abad de Saint-Thierry, el hermano Bernardo. ( San Bernardo)
La Orden de San Bernardo es una orden hospitalaria y caballeresca de inspiración cisterciense, fundada bajo la influencia espiritual de San Bernardo de Claraval.
- San Bernardo de Claraval nació en Francia y es reconocido por fundar 68 monasterios en Europa.
- Participó activamente en la creación de la Orden del Templo y en el cisma papal.
- Su doctrina mística y devoción mariana tuvieron una notable influencia en la espiritualidad cristiana.
- Es considerado Doctor de la Iglesia, canonizado en 1174, y su fiesta se celebra el 20 de agosto.
Con la ayuda de Dios, he acabado como he podido el tratado sobre la gracia y el libre albedrío, que recientemente me propuse escribir, en las circunstancias que tú conoces. Me temo haber expuesto sin la debida competencia temas tan profundos, o haber repetido inútilmente lo que ya tantos han explicado. Por eso, léelo tú primero si te parece, y a solas; no sea que, si se publica, trascienda la osadía del autor y no edifique la piedad del lector. Y si crees que merece publicarse, no tengas reparo en corregir lo que creas está mal expresado, y explícalo en otros términos, breves y claros a la vez. O indícame lo que debo corregir. De este modo participarás de aquella promesa de la Sabiduría: Los que me explican, poseerán la vida eterna.FIN DEL PRÓLOGO.
Un día, hablando en público, ensalzaba la acción de la gracia de Dios en mí. Reconocí que ella me predispone hacia el bien, me hace progresar y me da la esperanza de alcanzar la perfección.
Uno de los presentes me preguntó:
«—¿Qué haces tú, o qué recompensa esperas, si todo lo hace Dios?»
«—¿Qué me aconsejas?»—,le respondí yo. Y me contestó él:
«—Glorifica a Dios, que te predispone, te impulsa y te inicia gratuitamente. Y vive de tal manera, que no seas ingrato a los beneficios recibidos, sino digno de recibirlos sin cesar».
Yo le expliqué: «—Me das un consejo excelente. ¿Por qué no me inyectas también fuerza para cumplirlo? Porque una cosa es saber lo que se debe hacer, y otra muy distinta hacerlo. «Como también es muy distinto enseñar el camino a un ciego, o facilitar un vehículo al que está cansado de andar. No todo el que muestra el camino da fuerza para caminar. Con lo primero evitas que se desvíe; con lo segundo, que no desmaye en el camino. Asimismo, el maestro, por mucho que nos enseñe, no nos da la capacidad de hacer el bien. Yo necesito ambas cosas: la instrucción y la ayuda. Tu satisfaces mi ignorancia con tus consejos, pero también es verdad lo que afirma el Apóstol: El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad. Más aún, el que me da consejo por tu medio debe darme la ayuda de su Espíritu, para cumplir lo que tú me aconsejas. Por favor especial suyo tengo a mano querer lo mejor, pero no el realizarlo. Y nunca podré realizarlo si quien activa en mi ese querer no me concede llevarlo a efecto con Buena voluntad».
«—Si así es —insistió—, ¿cuáles son nuestros méritos y qué podemos esperar?»
«—Escucha —dije yo—: Nos salvó, no por las buenas obras que hemos hecho, sino por su misericordia. ¿Qué? ¿Piensas acaso que has conseguido méritos o que pue des salvarte por tu justicia, si ni siquiera puedes decir que Jesús es el Señor si no eres impulsado por el Espíritu Santo? ¿Has olvidado lo que él mismo dijo: Sin mí no podéis hacer nada? Y: La cosa no está en que uno quiera o se afane, sino en que Dios tenga misericordia».
2. Tú me dirás: «¿Qué hace entonces el libre albedrío?»
Te respondo con una sola palabra: es el objeto de la salvación. Suprime el libre albedrío y no habrá nadie a quien salvar. Quita la gracia y no habrá con qué salvar. Esta obra necesita la colaboración de ambos, de quien la hace y de quien la recibe. Dios es el autor de la salvación, y el libre albedrío pura capacidad de salvación. Sólo Dios puede darlo, y sólo el libre albedrío puede recibirlo. Si depende exclusivamente de Dios y del libre albedrío, necesita el consentimiento de quien la recibe y la liberalidad de quien la otorga. Por eso se dice que, cuando la gracia realiza la salvación, el libre albedrío coopera con su consentimiento, es decir, acepta la salvación. Consentir es salvarse. El animal es incapaz de recibir esta salvación, porque le falta el consentimiento voluntario para acoger gustosamente al Dios que salva, cumplir sus preceptos, creer en sus promesas o agradecer sus beneficios.
NO ES LO MISMO CONSENTIMIENTO VOLUNTARIO QUE
APETITO NATURAL.
—En efecto, una cosa es el consentimiento
voluntario y otra el apetito natural. Este último nos es común
con los animales, y es incapaz de seguir los impulsos del espíritu, porque sólo es arrastrado por los deseos de la carne. El
Apóstol, con otras palabras, lo llama sabiduría de la carne: La
sabiduría
de la carne es enemistad
con Dios, y no se sujeta ni
puede sujetarse a la ley de Dios. Es verdad, repito, que en esto
somos igual que los animales. Pero el consentimiento voluntario nos distingue radicalmente de ellos.
DEFINICIÓN DEL CONSENTIMIENTO VOLUNTARIO.
—Es
una facultad del alma que la hace dueña de sí misma. Es incoercible e indomable. Procede de la voluntad, no de la necesidad. Tanto si rehúsa como si accede, lo hace por propia voluntad. Si se le obliga a hacer algo a pesar suyo, ya no es voluntario,
sino violentado. Donde falta la voluntad no existe consentimiento. Porque el consentimiento es siempre voluntario.
Y donde hay consentimiento hay voluntad, ya que voluntad y
libertad van juntas. Esto es lo que yo entiendo por libre albedrío.
II.
3.
Para tratar esta materia con más claridad y proceder con más orden, creo conveniente ampliar lo que llevamos
dicho. En las cosas naturales, la vida no se identifica con los
sentidos, ni los sentidos coinciden con el apetito, ni el apetito
es lo mismo que el consentimiento. Lo veremos mejor definiendo a cada uno de ellos. Todo ser corpóreo tiene vida, que
es un movimiento natural e interno, exclusivamente intrínseco.
DEFINICIÓN DEL SENTIDO.
—El sentido es un impulso vital en el cuerpo, siempre atento y vuelto hacia el exterior.
DEFINICIÓN DEL APETITO NATURAL.
—El apetito natural
es una fuerza propia del animal, que excita ardientemente sus
sentidos.
DEFINICIÓN DE CONSENTIMIENTO.
—El consentimiento
es un impulso espontáneo de la voluntad, o, como dije anteriormente, una propiedad del alma que la hace completamente
dueña de sí misma.
DEFINICIÓN DE LA VOLUNTAD.
—La voluntad es una actividad racional que preside al sentido y al apetito. Dondequiera
que vaya, lleva siempre como compañera e instrumento a la
razón. No decimos que se rija siempre por sus dictados, sino
que nada hace sin ella. En no pocas ocasiones se sirve de la
razón para obrar contra ella, es decir, actúa por medio de ella
y en contra de su consejo y su dictamen. Por eso se dijo: Los
hijos de este mundo son más sagaces con su gente que los hijos
de la luz. Y en otro lugar: son listos para el mal. La razón da a
las criaturas sagacidad y sabiduría, incluso para obrar el mal.
4.
La razón le ha sido dada a la voluntad para que le instruya, no para que la destruya. Y la destruye cuando la coacciona, sin permitirle moverse libremente a su arbitrio. Por
ejemplo, si le hace consentir con los apetitos o con el espíritu
malo que lo induce al mal, hasta reducirlo al nivel del animal,
que no razona. O cuando no le deja distinguir ni dirigirse hacia lo que es propio del espíritu de Dios. Ni desarrollarse
como espíritu, siguiendo los impulsos de la gracia que le mueven
al bien. En una palabra, la voluntad debe estar en condiciones
de dominarlo todo sin que nadie la domine. Si se siente incapaz de cualquier cosa de éstas, porque no se lo deja la razón,
ya no sería voluntad. Pues donde hay coacción ya no hay voluntad.
SIN EL CONSENTIMIENTO DE LA PROPIA VOLUNTAD, LA
CRIATURA RACIONAL NO PUEDE HACER EL BIEN NI EL MAL.
Si la criatura racional pudiera hacer el bien o el mal por coacción y sin el consentimiento de la propia voluntad, nada podría hacerle jamás desdichada ni plenamente feliz. Le faltaría,
en ambos casos, lo único que es capaz de permitirle sentir la
miseria o la felicidad, la voluntad en definitiva. Todo lo demás
que antes mencionamos —la vida, los sentidos o el apetito—,
no pueden por sí mismos hacernos felices o desgraciados. De
lo contrario, los árboles, por la vida que tienen, o las bestias,
por las otras propiedades, serían susceptibles de ser dichosos o
desgraciados. Esto es totalmente imposible.
Tenemos, pues, en común con los árboles la vida, con los
animales los sentidos y el apetito junto con la vida. Pero la
voluntad nos diferencia de todos ellos. El consentimiento de la
voluntad, libre y espontánea, nos hace justos o pecadores, desdichados o dichosos. Este consentimiento, que procede de la
libertad inamisible de la voluntad y del juicio escrupuloso de
la razón, creo que puede llamarse libre albedrío. Es libre por
ser dueño de sí mismo. Y es juez de sí mismo por su propio
criterio. Y con razón va siempre el juicio unido con la libertad,
porque al ser libre por sí misma, cuando peca, ella es la que se
juzga a sí misma. Y el juicio consiste en que si peca sufre justa
mente el castigo que no quiere, puesto que sólo peca porque
quiere.
5.
Por otra parte, ¿cómo se le puede imputar el bien o el
mal a quien no tiene conciencia de su libertad? La coacción
elimina a los dos. Si hay coacción no hay libertad. Y si falta la
libertad, no se puede hablar ni de mérito ni de juicio. Prescindimos ahora del pecado original, que se explica por otros
motivos. Donde no existe esta libertad de el consentimiento
voluntario, tampoco habrá la libertad de merecer ni de ser juzgado. Y así todo cuanto el hombre posee, a excepción de la voluntad, está exento de mérito y de juicio, porque no son libres.
La vida, los sentidos, el apetito, la memoria, la inteligencia, y
todo lo demás, cuanto menos se someten a la voluntad, menos
libres son. Esta, en cambio, como no puede menos de no obedecerse a sí misma, es imposible que carezca de libertad, por
que nadie puede querer y no querer una misma cosa a la vez.
LA VOLUNTAD SÓLO PUEDE CAMBIAR SI CAMBIA EL DESEO DE LA VOLUNTAD.—
Es cierto que la voluntad puede cambiar, pero sólo al cambiar la decisión de la voluntad y sin
perder nunca la libertad. Si carece de ella, deja de existir; y si
aconteciere que el hombre fuese capaz de no querer absolutamente nada, o de quererlo con otra facultad distinta de la voluntad, entonces la voluntad podrá carecer de libertad. Por eso
a los dementes, a los niños y a quienes duermen, no se les
imputa el bien o el mal que hacen. No son dueños de su razón
ni hacen uso de su voluntad. Y, por tanto, no se rigen por la
libertad. La libertad sólo se asienta en la voluntad; por eso
sólo se juzga ella misma. En consecuencia, ni la torpeza, ni la
fragilidad de la memoria, ni la ansiedad del apetito, ni el embotamiento de los sentidos, ni la debilidad de sus fuerzas, hacen por sí mismos culpable al hombre. Como tampoco reporta mérito alguno poseer los dones contrarios. Por la siguiente
razón: todo esto acontece ordinariamente de manera inevitable, y al margen de la voluntad.
III.
6.
Así, pues, depende exclusivamente de la voluntad
el que una persona sea justa o injusta, feliz o desgraciada, según que consienta en el bien o en el mal. Con su libertad
innata puede rechazar o aceptar cualquier proposición, exenta
de toda especie de violencia o coacción. Por eso, este consentimiento libre y voluntario, del que depende por completo, según he dicho, cualquier determinación, se suele llamar acertadamente libre albedrío. Libre, en cuanto se refiere a la voluntad;
y albedrío, en cuanto a la razón. Prescindo ahora de aquella
libertad de que habla el Apóstol: Donde hay Espíritu del Señor, hay
libertad.
LA LIBERTAD SOBRE EL PECADO.
—Existe por un lado la
libertad sobre el pecado, como dice la Escritura: Cuando
erais
esclavos
del pecado,
estabais
en cambio, libres
respecto
a la justicia. Ahora en cambio emancipados del pecado y esclavos de Dios, Fructificáis para la santidad, que lleva a la vida eterna. Mas, ¿quién
puede gloriarse de estar exento de pecado, mientras viva en
esta condición pecadora? A mi parecer, cuando hablamos de
libre albedrío, no nos referimos a esta clase de libertad.
LA LIBERTAD SOBRE NUESTRA DEBILIDAD.
—También
existe la libertad que está por encima de la miseria, de la cual
dice el Apóstol: La criatura se verá liberada de su esclavitud
a
la corrupción para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de
Dios. ¿Puede presumir alguien de ella en esta vida? Tampoco a
ésta le aplicamos el nombre de libre albedrío.
LA LIBERTAD SOBRE LA COACCIÓN.
—Hay otra libertad
que lleva con más rigor este nombre y que podemos llamar
libertad sobre la coacción, porque todo lo que es forzado se opone a lo voluntario. Lo que se hace a la fuerza no procede
de la voluntad, y viceversa.
7.
LAS TRES LIBERTADES.
—Existen, pues, como hemos
podido ver, tres clases de libertad: sobre el pecado, sobre la
debilidad y sobre la coacción. La última dimana de la condición misma de nuestra naturaleza; la primera la recuperamos
por la gracia, y la segunda nos está reservada para la patria.

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